La prudencia de la Virgen Maria

La prudencia en la Virgen María

 

 

Hermosamente dicen los santos, que si se nos diese la posibilidad de elegir a nuestra madre, elegiríamos sin duda a la mujer más virtuosa. Dios, creador del universo y del hombre, cuando pensó en encarnarse y tener una madre, eligió a María y la colmó de todas las virtudes, de manera que fuese una Madre perfectísima. María tuvo en grado eminente todas las virtudes, las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad; y también las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

Quiero proponer en esta Carta que miremos a María bajo uno de los títulos más hermosos, y tal vez más desconocidos, que le dan sus letanías: María, Virgen prudentísima. “La primera de todos, prudentísima y sagacísima e iluminadora Virgen[1]” le canta San Efrén.

El gran San Ildefonso de Toledo, apóstol español de la devoción a María, la alaba diciéndole: “Virgen no cualquiera, sino una del número de las prudentes y la primera entre los primeros, que va la más próxima en pos del Cordero, adonde quiera que éste vaya[2]”.

 

Para comprender porqué decimos que María es prudente, es necesario conocer primero qué es la prudencia, y luego observar si en las actitudes de María se encuentra realizada esta virtud.

 

   ¿Qué es la virtud de la prudencia?

Nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo”.

 

Veamos un ejemplo sencillo: salgo de mi casa, voy y compro aceite y patatas (papas), luego vuelvo a mi casa, pelo las patatas, pongo a calentar el aceite, frío las patatas

 

¿Por qué hice todo esto? Porque mi fin era comer papas o patatas fritas.

 

Esto quiere decir que todos los hombres siempre obramos buscando conseguir un fin determinado, y para alcanzarlo, debemos tomar decisiones, elegir entre distintas cosas, buscando las que mejor me conduzcan al fin:

la decisión de comer patatas fritas u otra comida,

la decisión de comprar las cosas en tal o cual negocio, dependiendo del precio que ofrezcan, o de cuán lejos o cerca queden los negocios,

la decisión de ir caminando o en coche, son elecciones que yo hice para alcanzar del mejor modo el fin de comer patatas fritas.

 

   La prudencia es la virtud que me ha ayudado a hacer bien todas esas elecciones.

 

   A la luz de lo dicho podemos comprender que la prudencia es la ciencia de saber qué conviene hacer en cada momento y en cada situación distinta; de aquí que Santo Tomás defina a la prudencia diciendo que “es la regla recta de la acción”, -y el catecismo nos explicita- No se confunde ni con la timidez o el temor, ni con la doblez o la disimulación. Conduce las otras virtudes indicándoles regla y medida. Es la prudencia quien guía directamente el juicio de conciencia. El hombre prudente decide y ordena su conducta según este juicio. Gracias a esta virtud aplicamos sin error los principios morales a los casos particulares y superamos las dudas sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar. (Catecismo de la Iglesia Católica 1806)”.

 

   La prudencia, para saber cómo actuar, nos mueve

            a reflexionar,        

            a pedir consejo,

            a preguntar,

            a no precipitarnos.

 

   Por eso para poder ser prudente son necesarias tres cosas:

 

entender el presente, es decir, percibir bien la realidad que me rodea, la situación en la que estoy (es evidente que no puede ser prudente quien no percibe el peligro de estar a solas con un león en su jaula);

 

recordar el pasado, es decir tomar experiencia de los hechos pasados;

 

prever el futuro, organizar que medios voy a utilizar para poder alcanzar el fin propuesto.

 

 

¿Por qué decimos que la Virgen María es prudente?

La prudencia de la Virgen brilla en cada una de sus actitudes; así podemos constatar de los Evangelios en las breves historias (o escenas) que nos hablan sobre los hechos de María, como siempre Ella va a estar en el momento indicado, en el lugar indicado, haciendo y diciendo lo que conviene para el fin de su vida, que es cumplir en todo la voluntad de Dios.

 

Lo propio del prudente es dirigir todo lo que hace de acuerdo a la norma de la razón y de la fe, de modo que nunca haga algo que no sea recto y laudable. Y esto se ve perfectamente en la Virgen María, que nunca hizo nada contra la razón ni contra la fe

María muestra tener una gran percepción de la realidad y una prudencia viva para darse cuenta de cómo debe actuar.

 

Cuando se entera que su prima santa Isabel, siendo anciana está encinta, percibe que es urgente ayudarla, y por eso va con prontitud  a asistir a sus necesidades (Lc 1, 39).

 

En las bodas de Caná se da cuenta de la falta de vino y de que esto es un problema para la fiesta, entonces con confianza sin timidez, sabiendo que es muy razonable lo que pide y que su Hijo no le negará nada, intercede por los jóvenes esposos. A pesar de lo doloroso que es para Ella; sabe que el sacrificio de Cristo muriendo en la Cruz es el acontecimiento más importante de la historia, y por eso con gran fortaleza y paciencia acompaña a su Hijo al Calvario, y con serenidad y fe espera su Resurrección.

 

Leamos con atención los Evangelios y veremos que María siempre está en el momento indicado en el lugar indicado, obrando correctamente. Su presencia pasa desapercibida justamente porque hace todo prudentemente, sin violencia, sin llamar la atención, sin desorganización.

 

 

Donde más brilla la prudencia de la Virgen es en la Anunciación.

La Virgen María fue prudente en toda su vida, pero en especial, su prudencia resplandeció en la Anunciación del ángel Gabriel.

Nos dice el Evangelio que ante el saludo desconocido, María se turbo y reflexionaba qué significaría ese saludo. María está buscando entender bien el presente, esta situación nueva que se le presenta. No huye, sino que delibera, investiga. ¿Cuál sería el sentido de ese saludo, a qué se encaminaría? María sospecha que se necesita de Ella para algo grande, fuera de lo común. “Reflexiona pues, dice San Pedro Crisólogo, porque el responder pronto es propio de la ligereza humana, pero reflexionar es propio de espíritus muy ponderados y de juicio muy maduro[3]”.

María conocía las Escrituras antiguas, y recordaba las profecías sobre el Mesías. Más adelante el evangelio destaca esta actitud de María, que es fundamental para la prudencia: “María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. María tiene una memoria llena de las cosas de Dios. Cuando el ángel le dice “será llamado Hijo del Altísimo y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre” (Lc 1, 32), María entiende de que habla, pues recuerda las Escrituras. Este anunció no la sorprende, porque Ella esperaba al Mesías, pues Dios lo había prometido. Y María recuerda muy bien las promesas de Dios, porque es Virgen Prudente.

Y también es prudente al consultar sobre cómo se realizará esta obra., pues Ella no conoce varón (Lc 1, 34).  María está dispuesta a aceptar, pero no sabe qué hacer, pues Ella ha consagrado a Dios su virginidad con un voto. No hay que pensar que María pregunta por ser desconfiada, sino que lo hace por prudencia. ¿Qué debo hacer? ¿Debo anular el voto de virginidad o Dios realizará algún milagro? El ángel la instruye sobre el prodigio que realizará el Espíritu Santo en Ella.

Desde que apareció el ángel, la Virgen María escuchó, reflexionó, deliberó, recordó, preguntó, previó los medios, ahora está en condiciones de dar una respuesta prudente: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

 

¿Cómo no admirar la prudencia de la Virgen Santísima? No sólo la admiremos, también la imitemos.

Pidamos a esta Madre prudente, que nos enseñe esta virtud tan importante. Que nosotros al igual que María ordenemos toda nuestra vida según la fe y la recta razón, buscando y eligiendo todas las cosas que más y mejor nos conduzcan hacia la vida eterna, que es nuestro fin.

Una recomendación final. ¿Qué elección prudente se puede tomar? Nunca separarnos de María, pues Ella es el camino más corto y seguro para llegar a Jesucristo.

27 de enero de 2015     P. Christian Ferraro

 

[1] Serm. De Ss. Dei Genito. V. M. laudibus, tomado de Gregorio Alastruey, Tratado de la Virgen María, Madrid 1945, BAC, 305.

[2] Serm. I, De Assunpt. B. M., tomado de Gregorio Alastruey, …, 305.

[3] Serm. 140, De Annunt. B. M. Virg. tomado de Gregorio Alastruey, …, 306.